El cambio en la gestión de la Cultura en la Administración Pública.

cultura

No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma. Hiddu Krishnamurti

En Cultura, en la Administración Pública, no siempre y no todos, en muchas ocasiones, hemos priorizado más el continente que el contenido y, la mayoría de las veces, lo hemos hecho de espaldas a las personas, promoviendo el clientelismo.

Hemos ofrecido Cultura a coste cero. Fomentando en el ciudadano la creencia de que la Cultura no vale nada. Financiando proyectos externos al 100%, repartiendo el dinero público, sin analizar lo que esos proyectos aportaban a la sociedad, sin estrategias claras ni objetivos concretos.

En muchos casos nos hemos limitado a programar actividades y gestionar espacios sin tener muy claro ¿por qué?, ¿para qué?, ¿para quién? y ¿a qué coste?

Hemos olvidado la importancia de educar para apreciar la Cultura, para entenderla y para valorarla.

Hemos potenciado la Cultura florero, utilizándola de manera banal y como mero accesorio, sin tener en cuenta que la Cultura puede ser bella e inocua, pero también incómoda y contestataria.

Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra

No solo hemos actuado mal desde la Administración.

Los colectivos y asociaciones culturales también han abusado de su poder confundiendo el deber de la Administración con el chantaje a los políticos que veían en esas asociaciones, que les exigían y a las que daban subvenciones, un voto fácil al que se uniría el de muchos socios, en pago al agradecimiento por sus aportaciones. Esa actitud deberá cambiar. Tendrán que dejar de ver a la Administración como una mera fuente de financiación y evitar su dependencia para sobrevivir. Buscando otras maneras de financiarse y mirando a la Administración como colaboradora, como apoyo y no como sostén. Aceptando que se les exijan proyectos con objetivos susceptibles de subvencionar, con presupuesto claros y memorias y evaluaciones al finalizar los mismos. Transparencia sí, pero para todos.

Los creadores, promotores, gestores culturales privados y empresas que ofrecían sus servicios a piñón fijo, como simple mercancía, ahora tendrán en la Administración una facilitadora de espacios e infraestructuras, de logística, de asesoramiento y coordinación y una aliada. No una repartidora de dinero sin criterio como venía siendo costumbre. Estos también tendrán que ser transparentes y adaptarse a los objetivos que la Administración se haya marcado en base a la política cultural que habrá definido previamente y cuyos criterios tendrían que tener como base la participación y colaboración de los ciudadanos.

Los ciudadanos, que se han limitado a consumir o no la oferta, también tienen su parte de responsabilidad. La Cultura no necesita espectadores ni consumidores necesita prospectadores (disculpad el palabro que me acabo de inventar), que aporten, que expliquen lo que les gusta y que se involucren tanto en lo que quieren que lleguen a convertirse en parte activa de la creación, en productores de lo que quieren hacer, ver, escuchar, leer, …

Nuevo modelo

Ahora, hacer más con menos en la gestión cultural implica ser más creativos y buscar maneras de afrontar los nuevos retos. La crisis nos ha hecho más responsables y ha abierto el debate sobre la necesidad de generar un cambio de modelo que se adapte a ese mundo más justo, colaborativo, sostenible, solidario, transparente y participativo, que anhelamos.

Así que, hoy más que nunca, todos los agentes culturales debemos escuchar a los ciudadanos para sentirnos respaldados por ellos y para que ellos se sientan parte del todo. La Cultura la dirigen las personas y se dirige a las personas, porque las personas sin Cultura lo somos un poco menos. Todos formamos, pues,  parte de ella y  todos tenemos parte de responsabilidad a la hora de definir ese nuevo modelo.

Por eso es bueno poner en cuarentena esos hábitos que, en relación a la Cultura y su gestión, había consentido y provocado o potenciado la Administración y que ha hecho que algunos  gestores culturales  públicos nos replanteemos si estamos haciendo bien las cosas y si las están haciendo bien el resto de colectivos.

No es malo replantearse las cosas, tampoco hay que martirizarse con posibles errores cometidos en el pasado, igual en su momento no lo fueron tanto. Son otros tiempos, otras prioridades, avancemos.

La unidad del sector cultural generará confianza y empatía. La implicación de la sociedad nos dará fuerza para colocar a la Cultura en el lugar que se merece

El contexto de crisis que vivimos ha puesto en duda la importancia social de la Cultura colgándole la etiqueta de superflua o de simple producto de lujo perfectamente prescindible. Los recortes a la Cultura, que los políticos llaman ajustes, pasan desapercibidos o velados ante otras situaciones socialmente más extremas. El macabro juego de comparar las Prestaciones Sociales, la Sanidad o la Educación con la Cultura nos han dejado muy tocados. Pero no deberíamos minimizar el impacto de la crisis en la Cultura. Mantener la convicción de la función social de la Cultura es fundamental, saber transmitir la importancia de no infravalorar lo que aporta la Cultura al ser humano es básico. Defender la Cultura en términos únicamente de rentabilidad económica es disfrazar el verdadero valor de la cultura.

Es sintomático que a la hora de caracterizar o describir a una sociedad se tengan sobre todo en cuenta indicadores económicos, medioambientales, de seguridad, de educación pero pocas veces culturales.

Todo el sector cultural se está cuestionando muchas cosas. Algunas de las respuestas a esas preguntas pasan por realizar un trabajo mucho más colaborativo. En general, la crisis nos ha hecho más solidarios y menos competitivos entre nosotros. Lo cual nos está enriqueciendo mucho como profesionales pero también como personas.

La crisis nos ha hecho, también, más reivindicativos como sector y eso es bueno porque el esfuerzo por defender la necesidad de la Cultura no se había visto nunca tan generalizado. Esa energía que nos mueve a transmitir a la gente la importancia de lo que nos transfiere el arte, el teatro, la literatura, la música, el cine, las simples conversaciones o tertulias, los viajes, el conocimiento  de otras culturas, el patrimonio, la ciencia, la historia, la filosofía, la tradición, la lengua propia, el entorno en el que vivimos, etc. puede que empiece a dar sus frutos y puede generar un sentimiento de solidaridad que provoque esa acción de corresponsabilidad y posicionamiento a favor de la Cultura por parte de los ciudadanos.

Hasta ahora hemos pensado que la Cultura no le interesaba nadie, por lo menos no lo suficiente para luchar por mantenerla a flote. Pero en estos momentos, tal vez podamos transformar esa apatía y traducirla en el reconocimiento y la reivindicación colectiva  de la Cultura como bien social. 

Esos pequeños cambios de actitud  ponen de manifiesto la necesidad de elaborar un discurso común como sector cultural que ayude a construir y transmitir una idea conjunta. Poniendo especial atención en la coherencia de las acciones que tienen que ser pensadas, planificadas y adaptadas a la nueva situación. Hay que superar los ejercicios particulares, dejar de pensar en las pequeñas parcelas, actuar en favor de los intereses colectivos y  luchar por ellos.

Para ello, tendremos que definir bien claramente, entre todos los implicados, hacia dónde  queremos dirigirnos y qué papel queremos que juegue la Cultura, y marcarnos objetivos claros y asumibles. Delimitando los campos en los que vamos a actuar cada uno, pensando a quién nos dirigimos y de qué manera, independientemente de las interrelaciones y colaboraciones que surjan entre nosotros.

La Administración, en su caso, tiene que tener clara su estrategia y sus objetivos y trabajar codo con codo con todo aquel que se adapte a ellos para alcanzarlos, mejorarlos y superarlos. Ayudaría mucho que los políticos que nos dirigen los tuvieran claros también.

Pongamos a la Cultura en el sitio que se merece, como algo importante y necesario, cuyo valor no se puede poner en duda. La Cultura como bien social, imprescindible para forjarnos como personas. Si no podemos subvencionarla, por lo menos no la gravemos con un impuesto como si se tratará de un producto de lujo. Y facilitemos a los creadores espacios y mecanismo para que el producto resultante no sea tan caro y todos podamos pagarlo.

Los políticos, los que de verdad crean en la Cultura como generadora de opinión y debate, deberán dejar de encorsetarla dentro de lo que consideran correcto según sus intereses y sus ideologías. Dejemos de censurar a la Cultura desde la Administración. Ya decidirá el público lo que le interesa o no. La sociedad es plural, la Cultura también. Demos herramientas al público para que valore por sí mismo, para que decida y proponga lo que quiere y de qué manera.

En la Administración local deberemos buscar alianzas. Existen objetivos comunes  que se pueden afrontar mejor si se unen esfuerzos y recursos. La colaboración entre diferentes departamentos, tan de cajón y tan poco común; la colaboración público-privada; la colaboración entre administraciones vecinas iguales o superiores; la colaboración directa con los creadores; con las asociaciones; con los ciudadanos; puede dar lugar a proyectos que funcionen muy bien conjuntamente. Por esos proyectos son por los que debe luchar la Administración. Unir esfuerzos con emprendedores y gestores culturales para llevarlos a cabo conjuntamente, en equipo. Se acabó el te ofrezco esto si me das tanto. Aportemos todo lo que tenemos cada uno, unamos esfuerzos y trabajemos en equipo.

Al margen, como debe ser,  siempre quedarán las actividades culturales alternativas que proliferan cada vez más y que denota la creatividad y las ganas de muchos agentes culturales por mostrar otra realidad, otra manera de hacer las cosas después de la crisis. Como personas, como ciudadanos debemos reivindicar y apoyar esas actividades porque aportan luz y quitan telarañas. Te hacen ver desde otros puntos de vista, te hacen mirar con otros ojos.

Personalmente, aquí entre nosotros, prefiero que estas propuestas no acaben pervirtiéndose con la colaboración o fagocitación de la Administración. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Aunque, de vez en cuando, los que trabajamos en la Administración nos asomemos a ver que se cuece en esos lugares  y aprovechemos para ver si se nos pega algo de esa frescura que trasmiten.

Por último reivindico la responsabilidad y complicidad de los medios de comunicación y de los educadores que como creadores de opinión pública pueden y deben ayudar a desarrollar esa capacidad crítica de las personas y pueden acercarles y enseñarles todas las caras de la Cultura y lo que les puede aportar a su espíritu y a su mente.

La posibilidad existe, el cambio está en nuestras manos.

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Acerca de maferragut

Soy funcionaria de la administración local, gestora cultural, licenciada en publicidad y relaciones públicas y diplomada en trabajo social. Esos son mis intereses profesionales. Siempre en continuo aprendizaje. Me gusta el arte, la literatura, la música y estoy enganchada a las redes sociales.
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4 respuestas a El cambio en la gestión de la Cultura en la Administración Pública.

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